Problemas estructurales

Todo esto es muy complejo, no hay soluciones sencillas, es muy difícil. Hagas lo que hagas, al final siempre hay alguien que sale perjudicado. Es imposible acertar en todo. ¿De qué sirve que yo cambie si los demás no cambian? Porque yo cambie, el mundo no va a cambiar. Por mucho que yo deje de comprar esto o lo otro, se va a seguir produciendo. Si no cambian las leyes de la política y no cambian los políticos, es inútil. El sistema siempre será más fuerte. Si cambiamos nuestros hábitos de consumo, se destruirán puestos de trabajo. Si gastamos menos, la economía se contraerá y aún más gente irá al paro. Si todos nos cortamos el pelo unos a otros, los peluqueros se quedarán sin trabajo… Si todos cambiamos de manera de consumir, este sistema, nuestra sociedad de consumo, se hundiría. Si todos viviéramos así, aparecerían otros problemas.

Estructurales 190Todo esto es muy complejo, no hay soluciones sencillas, es muy difícil.

Sí, es así. El mundo –y el universo– es un entramado muy complejo de relaciones. ¡Las propias personas somos complejas y contradictorias! Por mucho que intentemos simplificar nuestra vida (y todo lo que hagamos en este sentido vendrá muy bien), ésta siempre será complicada. Nadie nos prometió que la vida iba a ser fácil, pero ¿vamos a dejar de vivirla porque sea compleja?

Es difícil, es verdad. Pero la humanidad y las sociedades se han enfrentado a otros retos difíciles y los han superado. La capacidad del ser humano para afrontar retos cada vez más ambiciosos es impresionante. Si hemos sido capaces, por ejemplo, de abolir formalmente la esclavitud, de reconstruir el mundo tras dos guerras mundiales, de constituir las Naciones Unidas y promulgar los Derechos Humanos, de preservar Parques Naturales, de prohibir las minas antipersona, de construir la Unión Europea, de crear el euro, de inventar tecnologías asombrosas –con todas las  ambigüedades que todo esto tiene–… ¿no vamos a ser capaces de resolver otros problemas?

Es difícil, pero no imposible. Todo largo viaje comienza con un primer paso. Desde luego, si dejamos de darlo porque pensamos que no merece la pena no llegaremos muy lejos (y, seguramente, a donde no queremos ir).

Hagas lo que hagas, al final siempre hay alguien que sale perjudicado. Por ejemplo, si dejamos de comprar ropa hecha en Bangladesh, los trabajadores de esas factorías se quedarán sin trabajo.

Hagamos lo que hagamos, nuestras acciones tienen repercusiones sobre otras personas y otros seres vivos e inanimados. Somos parte de una red de interacciones y no podemos pretender pasar por este mundo sin afectar a nadie. Como tampoco podemos pretender que todas nuestras acciones beneficien a absolutamente todos los seres del planeta.

De lo que se trata es de preguntarnos a quién queremos beneficiar y a quién no queremos beneficiar con nuestro comportamiento. Podemos elegir comprar café de esta marca o de esta otra; y al hacerlo estamos beneficiando a unos y dejando de beneficiar a otros. Podemos comprar productos fabricados en nuestro país contribuyendo a la economía nacional y podemos comprar productos similares elaborados en otros países, apoyando la economía de esos países. ¡No podemos hacer el bien a todos! Por eso hemos de preguntarnos qué opciones contribuyen más a la justicia, la paz y el cuidado medioambiental, sabiendo que ese “contribuir más” siempre será relativo, a veces ambivalente y, muchas veces, cambiante.

En cualquier caso, el hacernos la pregunta de a quién queremos beneficiar y a quién no, ya es un paso importante, pues nos hace más conscientes de las repercusiones de nuestros actos. Y todo lo que sea crecer en consciencia no puede sino ser bueno para nosotros y, de rebote, para el mundo.

Pero es imposible acertar en todo. ¿Qué es mejor, un producto ecológico de Comercio Justo de un país lejano o un producto equivalente no ecológico de producción local?

Dilemas como éste los afrontamos todos los días. Con mucha frecuencia tenemos que optar entre varias posibilidades en las que todas tienen su parte de verdad y bondad, junto a su parte de inconvenientes (pensemos por ejemplo en la decisión de a qué partido político votar). ¡La vida es así! La vida es compleja y contradictoria y no podemos pretender acertar al 100 % en nuestras decisiones. Es imposible acertar en todo, pero es posible mantener una actitud de alerta, preguntándonos qué es mejor e intentando en lo posible hacer el bien.

¿De qué sirve que yo cambie si los demás no cambian? Porque yo cambie, el mundo no va a cambiar. Por mucho que yo deje de comprar esto o lo otro, se va a seguir produciendo.

¿De qué sirve que yo cambie? En primer lugar, ¡me sirve a mí, que no es poco! Me sirve para ser más consciente, para crecer en compasión y bondad, para ser más coherente y desplegar más íntegramente mis potencialidades, para sentir más armonía… Y si eso es así, estaré contribuyendo a que en el mundo haya un poco más de consciencia, compasión, bondad, coherencia, integración y armonía. ¿Nos parece poco?

Y en segundo lugar, sirve para contribuir objetivamente, aunque sea en una proporción minúscula, a que el mundo sea distinto. Mi acción, mi voto, mi protesta, mi compra, mi trabajo… aislado del resto no vale casi nada, pero junto a otras acciones, votos, protestas, compras y trabajos puede cambiar mucho. La historia lo ha demostrado una y otra vez. “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo” (Eduardo Galeano). ¿Nos lo creemos?

Si no cambian las leyes de la política y no cambian los políticos, es inútil. El sistema siempre será más fuerte. La ley del más fuerte existirá siempre.

“El mundo puede cambiar pero no va a cambiar solo”, es uno de los lemas de Amnistía Internacional. Sin cambio político no habrá cambio en el mundo. ¡Pero los políticos no van a cambiar por sí solos! Conversión personal y transformación sociopolítica van de la mano.

Algunos se sienten más motivados a la acción política, a la denuncia de las injusticias y la participación social; otros al comportamiento personal responsable. Las dos posturas son necesarias y complementarias y todos debemos poner en práctica ambas posturas, aunque nos sintamos más inclinados a una u otra. Cada uno contribuye desde donde está y hasta donde puede, con su “fueguito” interior.

¿Siempre será más fuerte el sistema? Quien piense así ha leído poca historia (recordemos, por ejemplo, cómo se derrumbó el sistema comunista en 1989).

“Si esperamos a que actúen los Gobiernos, será demasiado tarde. Si tomamos la iniciativa individualmente, será demasiado poco. Pero si actuamos en comunidades, probablemente será suficiente y a tiempo”. (Rob Hopkins, fundador del movimiento Transición).

Si cambiamos nuestros hábitos de consumo, se destruirán puestos de trabajo.

Indudablemente. Si consumimos de otra manera, se destruirán puestos de trabajo… ¡y se crearán otros! Las energías renovables, el reciclado de residuos, la agricultura ecológica, las empresas de inserción social… todo eso está creando empleo.

Con todo, debemos preguntarnos: ¿para qué consumimos, para satisfacer moderadamente nuestras necesidades humanas o para crear puestos de trabajo? Incluso si queremos que nuestro consumo contribuya a crear y mantener puestos de trabajo decentes, deberíamos comprar deliberadamente aquellos productos y servicios en cuya elaboración hayan participado más personas de forma digna. Por ejemplo, la producción ecológica de alimentos supone más trabajo humano por unidad obtenida que la producción industrial (y normalmente un trabajo en mejores condiciones laborales).

Si gastamos menos, la economía se contraerá y aún más gente irá al paro. Si todos nos cortamos el pelo unos a otros, los peluqueros se quedarán sin trabajo. Si todos compramos productos de segunda mano, los que fabrican y vender productos nuevos perderán sus empleos…

He aquí una cuestión compleja. Razonamientos así son frecuentes y no exentos de razón. Si consumimos menos, la economía se contraerá. Menos consumo significa menos producción y, por tanto, menos puestos de trabajo. Y todo eso se percibe como una amenaza.

El argumento es cierto, pero en algún lugar del planteamiento puede percibirse una cierta “trampa”. Porque si analizamos la crisis que vivimos y las causas que nos han llevado a ella, descubrimos que es precisamente el exceso insensato de consumo y el afán de crecimiento material ilimitado lo que nos ha traído hasta aquí. El sentido común nos dice que la solución no está en seguir produciendo y consumiendo cada vez más, agotando cada vez más las materias primas y los recursos energéticos y contaminando cada vez más la tierra, las aguas y el aire. ¡Esa no puede ser la solución!

Por tanto, si el argumento nos lleva a una falsa solución, tal vez es que hay algún error en él. ¿Podemos plantearlo de alguna otra manera? Por ejemplo: menor consumo significa menor producción, por tanto, menor necesidad de trabajo, que habrá que repartir solidariamente. Parece evidente que es imposible que el 100 % de la población activa trabaje remuneradamente 40 horas a la semana. No solo imposible sino además innecesario. Si no necesitamos consumir tanto, no necesitamos producir tanto y no necesitamos trabajar tanto. Entonces, eso sí, habrá que repartir el trabajo para que todo el que quiera pueda trabajar. ¿Por qué los políticos y los sindicatos no quieren hablar de esto?

Si todos cambiamos de manera de consumir, este sistema, nuestra sociedad de consumo, se hundiría.

¿Qué resonancias tiene en nosotros la palabra “anti-sistema”? ¿Nos suena bien o mal? ¿Y la palabra “anti-injusticia”? ¿Nos suena mejor?

Muchos están en contra de las injusticias pero no en contra de un sistema que se está manifestando tremendamente injusto. “Esta economía mata” (papa Francisco), este sistema económico está produciendo insatistacción, exclusión, sufrimiento y muerte. Ante un sistema así, no podemos sino desear que se hunda; es más, contribuir en la medida en que podamos a que se termine pronto y de la manera que provoque menos sufrimiento.

Es verdad que no conocemos otro sistema económico que el capitalista (que no ha sido el único que ha conocido la humanidad ni mucho menos) y puede darnos miedo aventurarnos en algo que no conocemos. Pero intuimos que necesitamos dar ese paso. Con nuestro comportamiento hemos configurado el mundo; con nuestro comportamiento podemos configurarlo de otro modo. Estamos ante un reto histórico. ¡No tengamos miedo a lo nuevo! El miedo siempre será mal compañero de camino.

Si todos viviéramos así, aparecerían otros problemas.

Cierto. Si, por ejemplo, todos nos alimentáramos con alimentos sanos, los que producen comida basura tendrían que cerrar sus negocios y mucha gente se quedaría sin empleo. Si desaparece el terrorismo y la inseguridad ciudadana, las empresas de seguridad y de guardaespaldas tendrán que cerrar…

Son argumentos que ya hemos visto, aplicados ahora a algunas actividades que son objetivamente perjudiciales para la sociedad: la “comida basura”, la producción de armas, los estupefacientes, la telebasura, la pornografía… Es mejor para todos que todo eso deje de producirse. ¡Pero entonces los que trabajan en esos sectores irán al paro! Sí, pero ¿acaso  no es preferible ese problema a los problemas que esa producción nociva está provocando? ¡Ojalá nuestro problema sea que hay que buscar trabajo para los fabricantes de armas porque han tenido que cerrar sus fábricas! ¡Ese problema es mucho más preferible!

(Ir a la sección Objeciones razonables)

 

 

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