Dificultades económicas

Todo eso es más caro… Los productos de Comercio Justo y ecológicos son mucho más caros. Todo eso está muy bien, pero es para quien se lo pueda permitir; en mi caso, yo no puedo. Los pobres no se pueden permitir comprar esos productos. Vivir de esa manera es más caro. Esto es algo para ricos.

precios verdura ecologica 190Todo eso es más caro…

He aquí uno de los argumentos más repetidos y aparentemente contundentes a la hora de plantear opciones de vida y consumo. Parece que el criterio del precio es el único o al menos el más importante a la hora de tomar decisiones de consumo. El principio de la maximización del beneficio económico no sólo está presente en las empresas sino también en la mentalidad de los consumidores: el gran criterio, si no el único, a la hora de comprar es lo que resulte más barato.

Cuando, tras el desgraciado accidente de una factoría de ropa en Bangladesh en el que murieron más de 1.100 personas y otras muchas quedaron heridas, las ONGs preguntaron a las grandes compañías textiles por qué confeccionaban su ropa en aquellas condiciones tan lamentables, la respuesta fue: “los clientes lo quieren barato; y ésta es la manera de producir más barato”. Ciertamente omitieron otra parte de verdad (“ésta es la manera en que la empresa tiene más ganancias”), pero aquella respuesta era acertada: los consumidores lo queremos barato.

Sin duda el precio es un argumento importante, pero ¿es el primordial? ¿No habría que tenerlo en cuenta a la vez que otros criterios?

Los productos de Comercio Justo y ecológicos son mucho más caros

Es verdad. Los productos de Comercio Justo y de producción ecológica son más caros –no siempre mucho más– que otros “equivalentes” que no lo son. Pero esa “equivalencia” ha de ponerse entre comillas, porque en realidad a la hora de comparar unos con otros hay que tener en cuenta que no son iguales. ¿Por qué el café o el chocolate de Comercio Justo son más caros que los que no son de Comercio Justo? Conocemos la respuesta: porque en su producción se han respetado los derechos humanos, se ha preservado el medio ambiente y se ha pagado un precio justo por ello. Y es que hay una parte del coste que está incluido en el precio y que están pagando otras personas. “Lo barato sale caro”; lo barato para nosotros está costando caro a otros.

Por otra parte, hay una cuestión de calidad. Precisamente por la manera como se han producido, los productos de Comercio Justo y de producción ecológica son de una calidad superior a los de producción industrial. Un arroz integral libre de pesticidas es de más calidad nutricional que un arroz refinado con restos de productos químicos. Es evidente que el primero ha de costar más que el segundo y es que aunque ambos sean “arroz” su calidad es muy diferente.

Hay que tener en cuenta también que el mayor gasto en productos saludables suele corresponderse con un menor gasto en remedios sanitarios, tanto por parte de las personas como de los sistemas públicos de salud. Aquí también podríamos decir que “lo barato al final sale caro”.

Todo eso está muy bien, pero es para quien se lo pueda permitir; en mi caso, yo no puedo

De acuerdo. Nadie te está pidiendo que vivas más allá de tus posibilidades. Pero ya es positivo el que reconozcas que “todo eso está muy bien”, que el café de Comercio Justo es mejor (para ti, para otras personas y para el medio ambiente) que el que no lo es; que los alimentos ecológicos son mejores (para ti, para otras personas y para el medio ambiente) que los que no lo son.

A partir de aquí, tú verás hasta qué punto puedes permitirte consumir algo de esto, sabiendo que no hace falta llegar al 100 % y menos de la noche a la mañana. ¿Seguro que no puedes empezar por un poquito? Cada uno desde donde está y hasta donde puede. El que no podamos llegar al 100 % no es excusa para no intentar llegar hasta donde podamos.

Es cuestión de prioridades, de descubrir a qué le damos importancia. Tal vez el dedicar más gasto a lo creemos importante nos haga reducir gasto en lo menos importante.

Los pobres no se pueden permitir comprar esos productos

Es cierto. Los pobres no pueden permitirse esto y otras muchas cosas. Los pobres, los auténticamente pobres, no pueden permitirse comer tres veces al día, ni disponer en casa de agua corriente, ni ir al colegio, ni acudir al médico cuando están enfermos… ¡Y eso no está nada bien! Eso es una desgracia que hay que empeñarse en evitar con todas nuestras fuerzas.Y aquellas personas que han hecho la opción de compartir la vida de los pobres y vivir como ellos hacen bien en tenerlo en cuenta. Es una opción muy válida y respetable, una preciosa muestra de compasión hacia el sufrimiento ajeno y un valiente testimonio de vida. ¡Cuánta necesidad tenemos de personas que hayan decidido vivir así!

Es mejor alimentarse bien que alimentarse mal, es mejor cuidar la propia salud que no poder cuidarla, es mejor acceder a la educación que no poder hacerlo… Y el que haya muchos, muchísimos (se cuentan por miles de millones), que no puedan hacerlo no resta valor a esta verdad. Por eso, el que pueda permitirse alimentarse bien, cuidar su salud, cultivar su formación… tiene el deber moral de hacerlo. El que haya otros que no se lo puedan permitir no es excusa para que los que sí nos lo podemos permitir lo hagamos.

Un plato de arroz blanco refinado de producción industrial contiene mucho menos alimento que un plato de paella de verduras elaborado con arroz integral. El primero es comprensiblemente maś barato que el segundo. Quien no pueda permitirse comer paella porque no puede pagarla y tenga que comer arroz blanco refinado, bastante desgracia tiene. Pero quien pueda permitirse alimentarse bien, tiene la obligación moral de hacerlo. Otra cosa es quien, pudiendo permitirse comer paella, decide alimentarse con arroz blanco refinado “porque es más barato”. En ese caso ya no estamos hablando de una cuestión económica sino cultural…

Vivir de esa manera es más caro. Esto es algo para ricos.

Esto es verdad… en parte. Es cierto que los tomates ecológicos son más caros que los de producción industrial (ya hemos visto por qué y que no son comparables). Pero aquí conviene ir más lejos y abordar la cuestión con más amplitud. No estamos hablando de mantener el mismo estilo de vida sustituyendo los tomates industriales por los ecológicos (eso sí que sería más caro) sino de ir dando pasos para convertir nuestro estilo de vida en todos sus ámbitos. Hablamos entonces de un consumo justo –en justeza y en justicia–, de decrecimiento, de prescindir de lo que no es necesario, de una vida sobria…

Reducir el consumo de carne y de pescado (una vez a la semana es suficiente), evitar los refrescos gaseosos (que ni alimentan ni son buenos para la salud), renunciar al coche (y a todo el tiempo que le dedicamos), prescindir de la televisión (¡cuántos anuncios que dejamos de ver!), comprar productos de segunda mano (más sensato desde el punto de vista de la sostenibilidad), no hacer viajes innecesarios, compartir gastos en un grupo de consumo, llevar una vida sana y sencilla… ¡todo esto es más barato! Vivir de esta manera es, globalmente, más barato, aunque en algunas cosas –alimentación ecológica y de Comercio Justo– nos gastemos más dinero.

Vivir así no es más caro. Quien lo prueba lo comprueba.

(Ir a la sección Objeciones razonables)

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