Exposición a campos electromagnéticos (CEM)

Durante el mes nos habíamos propuesto las siguientes cuestiones:
1. ¿Soy consciente de mi exposición a campos electromagnéticos (CEM) y de sus posibles consecuencias en mi salud y en la de otros seres vivos?
2. ¿Tengo algún hábito de comportamiento en relación a este tema?
3. ¿Qué hábitos de comportamiento en relación a este tema podría incorporar en mi vida?

La mayoría de nosotros ya teníamos alguna inquietud sobre el tema, aunque reconocemos que apenas conocimientos. Algunos se lo han planteado después de experimentar algunas secuelas físicas por utilizar teléfonos móviles (pitidos en los oídos, cosquilleo en la mano). Otros más informados reconocen que les impactó la lectura de un estudio de la Universidad Politécnica de Madrid en torno a las repercusiones en el cuerpo humano de la exposición a los CEM. Para quienes viven en Segovia, el reciente anuncio de Telefónica de hacer de esta ciudad un “laboratorio vivo” donde implantar experimentalmente la tecnología 5G ha hecho que el tema suscite un interés que antes no tenía. Para una minoría, esta cuestión resulta novedosa (lo cual se agradece, pues parecía que nos estábamos repitiendo en los temas que abordamos).

Abordando en particular el uso del wifi/la wifi (la RAE admite tanto el masculino como el femenino para este neologismo), la mayoría adoptamos medidas de precación como apagar el (mal llamado) router por la noche y cuando no se usa. Y también al llegar la noche apagar el móvil, quitar los datos móviles o ponerlo en modo avión para poder utilizar la alarma. A otros les gustaría poder apagar el router por la noche, pero éste no tiene la posibilidad de quitar únicamente la wifi sin apagar al mismo tiempo el teléfono fijo. Por tanto, a la hora de elegir un router es conveniente que disponga de esta posibilidad.

Hay quien tiene habitualmente el móvil apagado y lo enciende tres o cuatro veces al día para hacer llamadas y atender mensajes de texto. Quienes lo hacen reconocen que su principal motivación es hacer que la batería dure más y así prolongar la vida útil del aparato. Pero, de rebote, se han encontrado con una mayor libertad ante el uso del mismo y una menor exposición a su CEM.
Del mismo modo, hay quien en casa tiene habitualmente el router apagado y lo enciende únicamente cuando se va a utilizar, normalmente a horas fijas en el día. También se comparte el hecho de utilizar dispositivos PLC, que transmiten la señal informática a través de los cables eléctricos de la vivienda, con lo que se evitan radiaciones inalámbricas, obteniéndose además velocidades superiores a estas.

Un elemental sentido común nos hace intuir que es más sano utilizar el móvil en modo altavoz o con auriculares que pegado a la oreja, a tan poca distancia del cerebro. Es algo que muchos ya hacemos.

Compartimos también la preocupación respecto al uso de dispositivos móviles en vehículos. Sin saber mucho de física, hay motivos para pensar que las estructuras metálicas amplifican los efectos de los CEM en su interior. Y si esa estructura (coche, autobús, metro, tren) está en movimiento, los dispositivos móviles activos en ella han de relocalizar los servidores constantemente, con lo que la emisión de radiaciones se multiplica. De hecho, en algunos manuales de uso de turismos se advierte que este fenómeno puede provocar daños a la salud de los pasajeros. Ya no estamos hablando de la salud de quienes utilizan teléfonos móviles en vehículos públicos sino también de la de otros pasajeros.

Durante un buen rato la conversación pasa de las consecuencias físicas del uso de dispositivos móviles a sus consecuencias psicológicas. Reconocemos cómo la tecnología nos ha cambiado la vida. Nadie duda de que internet es un avance tecnológico positivo (en particular por lo que tiene de democratización del conocimiento), pero estamos de acuerdo en que hay que saber utilizar la tecnología con criterio, de modo que esté a nuestro servicio y no al contrario. Es desgraciadamente frecuente que la tecnología genere nuevas necesidades y adicciones, en algunos casos patológicas (en Madrid y otros lugares están surgiendo centros de desintoxicación tecnológica).

En particular, compartimos la preocupación de las consecuencias de la tecnología en los niños. Por una parte, las repercusiones en su crecimiento físico. Sabemos que la Unión Europea recomienda no disponer de wifi en escuelas infantiles y ya hay centros que así lo hacen. Estamos hablando de cuerpecitos humanos formándose y debemos cuidarlos al máximo. Por otra parte, las repercusiones en su psicología y comportamiento (las relaciones entre los jóvenes están cada vez más mediadas por la tecnología).
Sin embargo, en las Consejerías de Educación se suele identificar innovación con tecnología (y no con metodologías creativas, por ejemplo). En algunos colegios están sustituyendo los libros por tablets inalámbricas (y no por ordenadores conectados por cable, que serían menos dañinos).

Hay algunas aplicaciones informáticas para móviles que a algunos les ayudan a un uso consciente:
Tawkon: mide la intensidad de la señal y alerta cuando ésta supera ciertos límites.
Talkintact: deshabilita todas las funciones del móvil salvo las llamadas cuando éstas se están utilizando.

Estamos hablando mucho de los teléfonos móviles, pero la exposición a los CEM también es debida a otros dispositivos (parece que uno de los más dañinos es el teléfono inalámbrico). El uso que hacemos de los ordenadores portátiles también participa de mucha de la problemática aquí expuesta.
Por otra parte, la mayoría de nosotros o no tenemos microondas o lo usamos muy poco. Y, cuando lo hacemos, tenemos la precaución de no ponernos delante ni muy cerca cuando está en funcionamiento. Aunque no tenemos certeza de los efectos perjudiciales de sus radiaciones, lo hacemos por sentido común y por precaución. Éste es un criterio que sale a relucir con frecuencia: ante la falta de certeza respecto a la inocuidad de las radiaciones, adoptemos el principio de precaución. Es también el criterio de científicos y de la Unión Europea.

La conversación sigue fluyendo. ¿Cómo es posible que los humanos creemos cosas que nos dañan a nosotros mismos? Así como en el caso del tabaco o del amianto, ¿cuánto tiempo pasará hasta que se reconozcan los efectos negativos de los CEM? ¿Qué intereses hay detrás de todo esto? No tenemos respuestas a todas las preguntas que nos hacemos, pero nos alegramos de participar en un grupo de apoyo mutuo donde compartimos estas preguntas. Entre todos vamos fortaleciendo nuestras motivaciones y vamos ayudándonos a dar respuesta, apoyados unos en otros.

No queremos concluir la reunión sin hacer un repaso de qué podemos hacer en este tema:
– Mantener nuestra inquietud, informarnos y hacer lo posible por divulgar y dar a conocer en nuestros entornos esta problemática y sus posibles remedios.
Apagar los dispositivos cuando no los utilicemos. O mejor: tenernos habitualmente apagados y encenderlos cuando los utilicemos.
– Al menos, poner los móviles en modo avión en presencia de niños.
Medir los CEM de nuestra vivienda (con ayuda de expertos) y tomar decisiones concretas para minimizar la exposición a los mismos.
– Utilizar cables en lugar de tecnología inalámbrica en la medida de lo posible (por ejemplo, dispositivos PLC).
– Conscientes de que es un problema global que afecta a todos, usuarios o no, tener en cuenta los posicionamientos al respecto de las diversas opciones políticas.
– Y, aunque no lo digamos explícitamente, participar en grupos donde compartamos estas inquietudes y nos ayudemos mutuamente a dar respuestas.

Algunos enlaces de interés:
Plataforma Estatal Contra la Contaminación Electromagnética (PECCEM)
Asociación Vallisoletana de Afectad@s por las Antenas de Telecomunicaciones (AVAATE)
Plataforma Stop 5G Segovia

(Imagen: Pixabay)

  1. XAVIER PIFARRÉ MARTÍNEZ junio 18, AM en 7:32 am

    Bueno, otra opción respecto del móvil es no necesitarlo….. y no tener
    A pesar de lo que se pueda pensar, como siempre, sigue siendo cierto el principio de que una de las principales fuentes de felicidad es la NO necesidad.

    Responder

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