Dificultades sociales

Vivir de forma alternativa supone desertar de la realidad, salirse de la sociedad y refugiarse en ámbitos fuera de ella. No se puede cambiar la sociedad desde fuera; hay que hacerlo desde dentro de sus estructuras. Vivir de forma distinta supone separarse de los demás. El que se sale del comportamiento normal en la sociedad se expone a que lo llamen rarito, perroflauta, friki, cutre, loco, antisistema… Los adultos todavía podríamos, pero cuando tenemos hijos es muy difícil evitar los condicionamientos del entorno y de los medios de comunicación. ¿Cómo mantener la coherencia a la hora de convencionalismos sociales (bodas, cenas, regalos…)? Poner en evidencia un estilo de vida “desaforado” hace que los demás se sientan incómodos y me rechacen. A veces supone que ellos tienen que adaptarse a mis “rarezas”. ¡Qué fácil (y qué caradura) es no tener coche y usar el de los demás!

Dificultades sociales 190Vivir de forma alternativa supone desertar de la realidad, salirse de la sociedad y refugiarse en ámbitos fuera de ella.

He aquí una “objeción muy razonable”. Quienes se retiran y viven al margen de la sociedad dejan de participar en ella y, por tanto, de poder incidir en ella.

Pero, sinceramente, ¿en quién estamos pensando cuando planteamos esta objeción?
– ¿En los que recuperan espacios baldíos en las ciudades para convertirlos en huertos urbanos donde todos los vecinos pueden participar, conocerse más y trabajar juntos por un barrio mejor?
– ¿En los que denuncian el abuso de poder de los representantes políticos y proponen y ponen en práctica nuevas formas de participación ciudadana abiertas a todos?
– ¿En los que organizan y se unen a formas pacíficas de manifestación ciudadana que piden el paso de una democracia representativa a una democracia participativa?
– ¿En los que promueven grupos de consumo que ponen en contacto a consumidores entre sí y a estos con los productores?
– ¿En los nuevos movimientos sociales que surgen de abajo arriba y se van enlazando en redes descentralizadas?
– ¿En iniciativas como las de Transición, Decrecimiento, Movimiento Slow… que se organizan en comunidades abiertas a quien quiera incorporarse y ponen en práctica y proponen formas de vida transformadoras de las personas y la sociedad?
– ¿En los que idean y promueven cooperativas de crédito donde los socios deciden en asamblea a quién y cómo prestar el dinero puesto en común, con la intención de apoyar proyectos que redunden en beneficio de las personas y no de los capitales?
– ¿En los que emprenden iniciativas económicas originales para resolver necesidades de las personas de forma más justa y solidaria?
Si algo caracteriza a muchas de estas “formas alternativas de vida” es su voluntad inequívoca de participar en la vida ciudadana, económica y política de la sociedad.

Es verdad que para alimentar esa voluntad es bueno y necesario cultivarla en determinados ámbitos. Pero cuando se conocen de cerca se constata que esos ámbitos, más que “refugio de desertores”, son “comunidades de sentido y de sentimiento”, hogares y talleres donde las personas sueñan y se empeñan en contribuir a otro mundo mejor posible.

Pero no se puede cambiar la sociedad desde fuera; hay que hacerlo desde dentro de sus estructuras. ¡Hay que estar en el mundo!

Sin duda. Pero la experiencia nos indica que es posible “estar en el mundo sin ser del mundo”, vivir en esta sociedad con sus estructuras maliciosas y a la vez no identificarse con esas estructuras. Y esto puede y debe hacerse desde dentro de las formas de organización sociales políticas, económicas, religiosas y administrativas. Y al mismo tiempo puede y debe hacerse proponiendo e intentando hacer realidad otras formas de organización. Ambas estrategias son necesarias y no merece la pena debatir sobre cuál lo es más.

Cada uno, con el don que ha recibido y sus circunstancias personales, sabe de qué forma puede ponerse mejor al servicio de otra sociedad menos injusta. Los que se esfuerzan por buscar y poner en práctica formas alternativas de vida, aunque no todos puedan vivirlas con la misma intensidad, están haciendo una importante contribución a un mundo mejor posible.

Vivir de forma distinta supone separarse de los demás. Por ejemplo, si no tienes un móvil de última generación, te quedas fuera de los circuitos de comunicación con la gente de tu entorno.

Es verdad. Salirse de los modos de comportamiento socialmente aceptados siempre ha supuesto una dificultad real de integración con los demás. Por eso las personas que se aventuran y se mantienen en esas formas “distintas” de vida tienen un mérito no siempre reconocido.

Si decidimos mantener nuestro teléfono móvil mientras siga funcionando y no cambiar a otro modelo más moderno, no tendremos acceso a las últimas tecnologías de comunicación. En algunas situaciones puede suponer un inconveniente práctico. Cada cual ha de sopesar ventajas e inconvenientes.

En cualquier caso, es importante hacer ver que si, por ejemplo, decidimos mantener nuestro teléfono móvil no es porque no queramos comunicarnos con las personas de nuestro entorno, sino porque damos más importancia a los valores que encontramos en esa “forma distinta de vivir”, porque para nosotros es importante y tiene mucho sentido no cambiar de teléfono móvil si el que tenemos todavía funciona.

El que se sale del comportamiento normal en la sociedad se expone a que lo llamen rarito, perroflauta, friki, cutre, loco, antisistema, radical, revolucionario, hereje…

Con unas u otras palabras, siempre ha sido así. Es un precio que hay que pagar. La sociedad siempre ha puesto etiquetas a quienes han cuestionado las costumbres imperantes. Para unos puede ser difícil de llevar; otros lo recibirán como un halago… “Si al señor de la casa le han llamado Belcebú, ¡cuánto más a sus discípulos!” (Mt 10, 25).

Desde luego, siempre será mucho más llevadero si nos juntamos con otros “raritos” con quienes compartimos inquietudes y valores.

Los adultos todavía podríamos, pero cuando tenemos hijos es muy difícil evitar los condicionamientos del entorno y de los medios de comunicación.

Es así. Los niños son especialmente receptivos a los condicionamientos externos. Muchos padres tienen esta experiencia de lo difícil que es educar a los hijos en unos valores contrarios a los del entorno y de la sociedad. A lo largo de la historia ha habido muchas situaciones parecidas. Siempre ha sido difícil.

Pero reconocer esto no debe hacernos tirar la toalla. Precisamente, esta dificultad ambiental debe hacernos especialmente vigilantes, por ejemplo en cuanto a la influencia de los medios de comunicación en los niños. Con frecuencia serán necesarias posturas intermedias (ya sabemos que es imposible llegar al 100 % de coherencia en todos los ámbitos de la vida).

Precisamente por esta dificultad reconocida, se hacen más necesarios los apoyos de todo tipo, sobre todo los que vienen del contacto con otras familias inquietas por estas cuestiones. Solos no vamos muy lejos. Juntos es más fácil. También en cuanto a la educación de los hijos.

¿Cómo mantener la coherencia a la hora de convencionalismos sociales (bodas, cenas, regalos…)?

Cuando alguien, por motivos de salud, no puede participar de convencionalismos sociales, parece fácil tanto argumentarlo como comprenderlo: Susana no puede venir a la fiesta porque el médico le ha mandado reposo; Tomás no puede comer trigo porque es celíaco… En estos casos, tanto unos como otros suelen aceptarlo sin hacerse problema.

En otros casos, hay razones de costumbres o gustos: Alberto no viene a la fiesta porque le coincide con un partido de su equipo favorito; Petra no come de esto porque no le gusta… No siempre se comprende, pero también suele respetarse.
Sin embargo, parece que la objeción se plantea aquí no tanto por mótivos de salud o de costumbre sino éticos y de valores. ¿Cómo mantener los principios en estos casos?

Algunas personas se mantienen fieles a sus principios éticos en todo momento: uso de los medios de comunicación, transporte, regalos, alimentación… Son actitudes “proféticas” en el sentido bíblico de anuncio y denuncia de otros valores, hechos realidad en la persona que así lo vive. Estos sienten una fuerza interna que les hace mantenerse firmes a pesar de las incomodidades y a veces confrontaciones. Es una postura vital loable y respetable.

Otras personas son flexibles. En su vida personal son coherentes con sus valores y en la vida social se adaptan al grupo, entendiendo que la convivencia amable con otros también es un valor, a veces superior al de la propia coherencia. En cualquier caso, no dejan de expresar sus preferencias y los motivos que les llevan a ellas.

Y también caben posturas intermedias. Por ejemplo, si nos vemos “obligados” a hacer un regalo porque forma parte del convencionalismo social o del grupo, siempre podremos regalar algo acorde con nuestros valores.

¿Qué es mejor? Todas las posturas tienen ventajas e inconvenientes. Seguramente lo mejor sea lo que vaya más con la persona en concreto.

¿Cómo hacer cuando vives con personas que no piensan como tú ni tienen los mismo hábitos de comportamiento?

Es bastante normal convivir con personas que no piensan exactamente igual ni tienen los mismos hábitos de conducta. Es ley de vida y de convivencia saber confluir las diferencias en un equilibrio dinámico: unos días o en unos aspectos ceden unos, otros días o en otros aspectos ceden otros. Y, en todo, mucho respeto y amor.

Aquí es difícil dar una respuesta válida para todos, pues estamos hablando de situaciones personales no generalizables.

Poner en evidencia un estilo de vida “desaforado” hace que los demás se sientan incómodos y me rechacen. A veces supone que ellos tienen que adaptarse a mis “rarezas”.

Ser uno mismo en sociedad nunca ha sido fácil, sobre todo cuando uno reconoce su propia singularidad, distinta de la de los demás. Ser coherente con lo que uno siente como la propia identidad implica dificultades de relación. Pero si uno es fiel a su propia conciencia y valores, a pesar de los inconvenientes sociales, se experimenta una satisfacción impagable. ¿Acaso no lo hemos vivido alguna vez? Nos alegra ser fieles a nosotros mismos, a nuestros principios, a nuestra forma de ser. Y a la vez que respetamos a otros en su forma de ser, también pedimos que los demás nos acepten como somos, con sencillez y humildad.
Y todo esto sin entrar en dogmatismos e ideologías. Intentando ser radicales sin radicalismos. Y sin dejar de ser felices, mostrando que es posible ser feliz viviendo así. No hay nada como el (buen) ejemplo.

Sí, claro, ¡a costa de los demás! Vivir de esta manera le complica la vida a las personas que viven contigo y tienen que aguantar tus rarezas.

Normalmente, cuando una persona no puede comer determinados alimentos por motivos médicos, todos lo comprenden y respetan, aunque eso suponga cierta complicación para los demás. Incluso cuando los motivos son religiosos –la carne de cerdo para los musulmanes o la de ternera para los hindúes–, aunque no se comprenda, es algo que suele respetarse. Pero cuando una persona expone que no quiere tomar determinados alimentos por motivos éticos suelen aparecer  problemas. ¿Por qué sucede esto?

Incluso cuando quien manifiesta su conducta distinta por motivos éticos lo hace de forma respetuosa y sin juzgar las conductas de otros, es posible que estos se sientan algo molestos. ¿Tal vez porque se sienten juzgados en sus propias convicciones éticas?

¡Qué fácil (y qué caradura) es no tener coche y usar el de los demás!

¿De verdad pensamos que es más fácil tener que pedir un coche cada vez que se necesita que tenerlo propio y poder disponer de él sin depender de nadie? ¿No es más bien al revés? El consumo individualizado es más cómodo que el consumo compartido. Éste supone tener que planificar, ponerse de acuerdo, cuidar con especial esmero los bienes compartidos –pues no son nuestros– y, evidentemente, estar dispuesto a compartir lo propio.

Si apostamos por el consumo colaborativo no es por ser caraduras sino para contribuir a una nueva cultura del compartir y la solidaridad, una cultura del uso sobrio y sensato de los bienes, empezando por ponerlo en práctica nosotros mismos, que estamos dispuestos a compartir lo que somos y tenemos.

[Ir a la sección Objeciones razonables]

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