No hay nada como el (buen) ejemplo

La mejor manera de transmitir una idea es vivirla, y vivirla de forma auténtica y apasionada. Las cosas importantes se transmiten viviéndolas mejor que contándolas.

Ya no estamos para discursos del estilo de “hay, que”, “deberíamos”, “tendríamos que”… En nuestro contexto cultural, ese lenguaje ya no mueve a casi nadie. Hablemos, sí, pero sin discursos doctrinales. No se trata de “convertir” a otros sino en todo caso que esos otros “se conviertan”. La conversión, en los estilos de vida y en todo, no se puede imponer ni encajar desde fuera (y cuando se hace se constata lo contraproducente que resulta). No se trata de vencer sino de convencer; más aún, de suscitar el convencimiento.

Gandhi ruecaLa mejor manera de transmitir una idea es vivirla, y vivirla de forma auténtica y apasionada. Las cosas importantes se transmiten viviéndolas mejor que contándolas.

Ya no estamos para discursos del estilo de “hay, que”, “deberíamos”, “tendríamos que”… En nuestro contexto cultural, ese lenguaje ya no mueve a casi nadie. Hablemos, sí, pero sin discursos doctrinales. No se trata de “convertir” a otros sino en todo caso que esos otros “se conviertan”. La conversión, en los estilos de vida y en todo, no se puede imponer ni encajar desde fuera (y cuando se hace se constata lo contraproducente que resulta). No se trata de vencer sino de convencer; más aún, de suscitar el convencimiento.

Gandhi proponía: “Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo”. Es algo que va más allá de un mero principio moral -no debo pedir a los demás lo que yo no estoy dispuesto a hacer-. Siendo esto cierto, es algo más profundo: cuando yo intento poner en práctica lo que espero de los otros me doy cuenta mejor de lo que eso supone. Es la sabiduría de “quitarse primero la viga del ojo para poder ver la mota en el ojo ajeno”.

Dar (buen) ejemplo no significa ser perfecto en todo. Es imposible ser 100 % coherente en todos los ámbitos de la vida. El (buen) ejemplo incluye el reconocimiento, con humildad y verdad, de las propias incoherencias, los abismos entre el ideal y la realidad, las complejidades y contradicciones de la vida.

Podemos y debemos argumentar. Es necesario saber dar razón de por qué vivimos como vivimos. Pero al final, el mejor argumento es nuestra propia vida saludable, íntegra e integral, humanizada y humanizadora, contribuidora de otro mundo mejor posible.

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