A veces, solo miedo

Charo Rodríguez.

Hay algo que me asusta mucho más que el covid: el tipo de personas que estamos acostumbrándonos a ser, el tipo de persona que estamos enseñando a los niños a ser. La educación en el miedo, por lo que sé, siempre ha estado presente. A mi generación todavía se nos metió miedo con el infierno y el pecado, después el miedo vino por los pensamientos negativos: no se puede pensar cosas calificadas como negativas, es muy peligroso. Y ahora ha empezado un nuevo miedo: miedo a ser contagioso. El peligro es uno mismo, la propia persona, su presencia. Este es el miedo que están aprendiendo los niños. Y lo que pronto se aprende… tarde se olvida.

Los adultos estamos acostumbrándonos a vivir aislados, la vida digital está avanzando a toda velocidad, lo que es otro paso hacia el aislamiento. Hace unos días fui a una oficina para hacer una gestión oficial pendiente, nunca me había encontrado en estos lugares a alguien tan amablemente interesado en que me enterara de algo: de cómo hacer esa gestión yo misma desde mi casa por internet, para no tener que molestarme en moverme la próxima vez. Y los niños están aprendiendo que el aislamiento, la distancia, la asepsia, es el modo seguro de vivir.

¿El modo seguro? ¿Y cuando nuestro organismo se haya acostumbrado a la seguridad, a que no hay necesidad de generar defensas, qué va a pasar? ¿Habrá capsulas en las que seguir viviendo seguros o nos conformaremos con vivir enfermos?

¿Cuántas cosas están quedando en el camino a cambio de seguir vivos, de no contagiarnos, de no contagiar? En este momento es lógico, sensato y hasta generoso abandonar a un enfermo a la soledad si tiene el covid. Nos olvidamos de tantas veces que la compañía ha sido la mejor medicina, de tantas veces que hemos dicho: «¡pobre, murió de soledad!», de tantas veces que hemos pensado que lo que menos queremos vivir es la soledad.

Este es mi miedo. No es a enfermar, es a seguir viva sin vivir como ser humano. Y el motivo, mi motivo, para “seguir el juego” es no disgustar a los que me rodean. Lo contrario al miedo es el amor, pero dudo que esto sea amor.

“Dad gracias al Señor de los señores, porque es eterno su amor” Sal 136 (135).
“Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma. Tanto saber me sobrepasa, es sublime y no lo abarco” Sal 139 (138), 5-6.

No me considero religiosa, pero los Salmos, esa expresión abierta de las emociones humanas, tanto las consideradas sublimes como las consideradas miserables, esos cantos olvidados en el fondo de nuestra cultura, pueden ser un alivio.

(Imagen: Johannes Rapprich – Pexels)

  1. Excelente reflexión… La comparto

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